64/ La sombra se mueve sobre la Butte-aux-Cailles. Pero una tajada de cristal o jade ilumina el horizonte y en ella, las nubes forman un muro que por milagro permanece en pie. Como siempre, me recuerda de la parte baja de una frente, cruzada por algún pensamiento profundo. Dos estrellas miran determinadamente por la brecha. Está húmedo y frío. Hacia la Place d’Italie el cielo es bastante diferente, con trazos rosa y azul pastel entre el óxido de los árboles litográficos. Dejo la rue de Tolbiac. Y ahí, ante mí, justo enfrente, en la rue Moulin-de-Prés, la primera luz de la noche (como ustedes dirían, la primera luz del ocaso) se desliza a escena y podría ser una noche de disturbios, porque me siento muy alto y al límite, familiar con el laberinto (la rue de Samson, la rue Jonas) en el cual el flujo de siluetas sugieren un denso montón de gente común –y en esta zona eso sigue siendo concebible– aferrándose juntos furtivamente fuera de su propia obstinación. Lo único que falta son quizás sus armas. Serán encontradas. Suficiente para aguantar por unos días entre las ya derruidas fachadas (en la rue Vandrezzane y la rue Boiton) y sin tener que defender causa alguna: sólo esta furia, como el cielo helado allá en la distancia, reduciendo el bosque de grúas a cenizas.
Ahora que, como antes del amanecer, el mundo se vuelve calmo y azul de nuevo, extraño los campos y maderas que deben haber estado tan cerca del punto donde los pesados adoquines desaparecían en el fango y el pasto. Después de eso, la calle atravesó terrenos de vegetales azules, bajo todo nada más que ramas bajas y desnudas en los huertos azules, las mismas nubes como sombreros deslizándose bajo sobre las vides, el mismo cielo moviéndose en persona a través de la espesura (me refiero a una persona real a quien conoces), y entonces, como en ese sueño que he tenido tan seguido y por dos años ya, en el que alcanzo una última plaza en las laderas de Montmartre – y el propio sueño de la ciudad se revela, así: maderas oscuras, caballos rojos, cerros y prados dorados – entraste las profundidades silenciosas del campo, Gentilly, Châtillon, Montreuil, Vanves, Clamart y Saint-Cloud. Pero el norte era la dirección realmente inquietante, con su poderosa renovación del espacio, cada plano estirándose sus finas arrugas hacia los mares y apurados inseguramente ahí junto al Oise, junto al Aisne y el Ourcq, abandonado junto a vías martilladas por hierro y estrellas, creciendo y murmurando como grandes hojas de papel de embalaje –el norte. Estos fueron tiempos duros para la gente pero su inocencia fue fuerte. Y pudieron encontrar a la Virgen Bendita o al Buen Señor cuando miraron arriba desde la pesada tierra con sus ojos analfabetos en la misma hora del día en que escribo: azul y calmo como las profundidades de una gota de agua mística, y aquí donde miro arriba para ver una mera pulgada de cielo sobre los bloques de concreto, donde no me falta pan, ni calor, ni camisa, donde maravillosos medios de higiene y comunicación están a mano, reembolsados cuando estoy enfermo y descontento con mi parte, trato de ver ese cielo azul con los ojos del pobre, para arrebatarlo, ya que se aleja tan rápido, a través de los hoyos del abrigo de un hombre pobre. Pero se mueve hacia el norte bajo los puentes del Péripherique, tan destituido como esos Negros que vi cerca de un fuego, el fuego antiguo de antiguos trozos de madera y sacos de esperanza.
En relacion al manifiesto, les adjunto una columna de Cristián Warnken donde se propone un enfoque de la ciudad:
Estoy en la plaza de la calle Almirante Acevedo, al lado de un pequeño árbol plantado por los vecinos en memoria de un niño que dio aquí sus primeros pasos, pero que un día se fue, cambiando esta plaza por el cielo. ¡Cosas de niños que vuelan! Los que se quedaron aquí corren, saltan, andan en bicicleta, giran en torno a este pequeño círculo verde en sentido contrario a las manecillas del reloj, derrotando con sus juegos el tiempo frenético de la ciudad. Todos los días del año, esta sencilla plaza invita a los que pasan a quedarse, a caminar lento, a simplemente "estar" o ser. ¿Qué hay en este lugar que saca a los vecinos de sus propios jardines, para arriesgarse al encuentro con los otros, en el tiempo del egoísmo y la sospecha? Ése es el secreto de una plaza sin nombre, en un rincón de la comuna de la que usted es alcalde. Y en esta plaza, todos los niños se conocen por su nombre: Lolito, Josefa, Moncho, Juanito, Emilia, Matías, Piedad, Lucas, Salvador, Amanda y el recién llegado Benjamín. Aquí ninguno se extravía, nadie se siente solo, y cuando un niño se va muy lejos, los otros le plantan un árbol, para que siga creciendo en otro tiempo, pero con las raíces en su plaza. ¿Es esto que digo pura poesía, un hermoso cuento? ¡No! Éste es uno de los últimos reductos de la realidad, de la realidad del hombre devorado por la irrealidad de las no-ciudades. A pocas cuadras de aquí, en Américo Vespucio, comienza el infierno al que se han autocondenado los santiaguinos. El absurdo de millones de autos detenidos en un taco sin fin, viaje sin sentido ni retorno de los automovilistas, una subespecie del hombre, burda e iracunda, pronta a lanzarse con furia sobre el prójimo en el próximo semáforo. Pero aquí, a sólo tres cuadras del infierno, vivimos en un reino de los cielos urbano, del que no queremos ser expulsados por nadie, y menos por el nuevo dios devastador que nadie detiene: el de la avidez inmobiliaria. Hoy, mientras meditaba junto al árbol del niño que se fue, supe que ese dios que ha reducido comunas enteras a eriales de construcción en altura ya estaba a las puertas de nuestro frágil reino. Al fondo de Almirante Acevedo con Ascencio de Zavala, unas mallas celestes tapando tres jardines anuncian que mañana una empresa de demolición dará su primer zarpazo a una de nuestras entrañables esquinas. Señor alcalde: entonces me acordé de estos versos de Rilke sobre las ciudades sin alma: "Pues las grandes ciudades están,/ Señor, perdidas y deshechas (...)./ Ahí crecen los niños junto a las ventanas/ y siempre se levantan bajo la misma sombra/ e ignoran que afuera las flores llaman/ hacia un día de sol, felicidad y viento,/ y tienen que ser niños, pero niños tristes". Y sentí una angustia en el pecho, y junto al árbol del niño que se fue me prometí escribirle esta carta, para decirle que Vitacura son también las calles verdes y silenciosas, con olor a pasto mojado, las casas con historia, los niños con nombre propio: Augusta, María Gracia, Pascual, Tomás, Santiago, Javiera, Agustín, todo eso que urbanistas, arquitectos y políticos olvidan, porque vivimos los tiempos del olvido del ser. Al terminar esta carta, quiero respetuosamente dirigirme no al alcalde, sino al hombre con nombre y apellido, Raúl Torrealba. ¿Cómo quiere usted ser recordado cuando se vaya? Porque todos nos vamos: de los cargos, de los barrios, de la vida. El niño que se fue de esta plaza es hoy un árbol. ¿Y si aprendemos a ser árbol con él, todos los que vivimos aquí nos plantamos como árboles para parar el desierto que avanza? ¿Y si usted también se hace árbol y niño y plaza?
En relación a la Manzana Inventariada... Considerando que en las 51,09 HA. de espacio público disponible se podrían estacionar 42.272 autos (el 2,49% de los automóviles que se esperan tener en todo Santiago para el 2010), o que dicha superficie equivale a 5,82 veces el terreno de un mall como el Parque Arauco (87.787 m2) y a 8,5 Congresos Nacionales (60.000 m2)... dicha Manzana no puedo sino entenderse como una oportunidad-para-hacer-ciudad.
Sin embargo, dadas las condiciones de área verde y espacio público que representa, si el barrio y los alrededores de la Plaza Ñuñoa se han rebautizado como ÑuÑork, el Estadio Nacional ¿no podría ser el Central Park ñuñoino?
COMPLOT es una publicación independiente, inspirada en Circo de Mansilla+Tuñón y publicaciones del tipo, como Archigram de Archigram. Recoge de ellas el ser mínima en sus recursos, autogestionada y de fácil reproducción. COMPLOT es una publicación semanal, que se distribuye principalmente vía email, aunque se espera que el lector la imprima y coleccione: en cada número sólo aparece una parte de los temas, los que se van completando a medida que surgen más números. El tema de COMPLOT son las prácticas sobre la ciudad.
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La sombra se mueve sobre la Butte-aux-Cailles. Pero una tajada de cristal o jade ilumina el horizonte y en ella, las nubes forman un muro que por milagro permanece en pie. Como siempre, me recuerda de la parte baja de una frente, cruzada por algún pensamiento profundo. Dos estrellas miran determinadamente por la brecha. Está húmedo y frío. Hacia la Place d’Italie el cielo es bastante diferente, con trazos rosa y azul pastel entre el óxido de los árboles litográficos. Dejo la rue de Tolbiac. Y ahí, ante mí, justo enfrente, en la rue Moulin-de-Prés, la primera luz de la noche (como ustedes dirían, la primera luz del ocaso) se desliza a escena y podría ser una noche de disturbios, porque me siento muy alto y al límite, familiar con el laberinto (la rue de Samson, la rue Jonas) en el cual el flujo de siluetas sugieren un denso montón de gente común –y en esta zona eso sigue siendo concebible– aferrándose juntos furtivamente fuera de su propia obstinación. Lo único que falta son quizás sus armas. Serán encontradas. Suficiente para aguantar por unos días entre las ya derruidas fachadas (en la rue Vandrezzane y la rue Boiton) y sin tener que defender causa alguna: sólo esta furia, como el cielo helado allá en la distancia, reduciendo el bosque de grúas a cenizas.
84/
A los suburbios
Ahora que, como antes del amanecer, el mundo se vuelve calmo y azul de nuevo,
extraño los campos y maderas que deben haber estado tan cerca
del punto donde los pesados adoquines desaparecían en el fango y el pasto.
Después de eso, la calle atravesó terrenos de vegetales azules,
bajo todo nada más que ramas bajas y desnudas en los huertos azules,
las mismas nubes como sombreros deslizándose bajo sobre las vides,
el mismo cielo moviéndose en persona a través de la espesura
(me refiero a una persona real a quien conoces), y entonces,
como en ese sueño que he tenido tan seguido y por dos años ya,
en el que alcanzo una última plaza en las laderas de Montmartre –
y el propio sueño de la ciudad se revela, así:
maderas oscuras, caballos rojos, cerros y prados dorados –
entraste las profundidades silenciosas del campo,
Gentilly, Châtillon, Montreuil, Vanves, Clamart y Saint-Cloud.
Pero el norte era la dirección realmente inquietante, con su poderosa renovación del espacio,
cada plano estirándose sus finas arrugas hacia los mares
y apurados inseguramente ahí junto al Oise, junto al Aisne y el Ourcq,
abandonado junto a vías martilladas por hierro y estrellas,
creciendo y murmurando como grandes hojas de papel de embalaje –el norte.
Estos fueron tiempos duros para la gente pero su inocencia fue fuerte.
Y pudieron encontrar a la Virgen Bendita o al Buen Señor
cuando miraron arriba desde la pesada tierra con sus ojos analfabetos
en la misma hora del día en que escribo:
azul y calmo como las profundidades de una gota de agua mística,
y aquí donde miro arriba para ver una mera pulgada de cielo sobre los bloques de concreto,
donde no me falta pan, ni calor, ni camisa,
donde maravillosos medios de higiene y comunicación están a mano,
reembolsados cuando estoy enfermo y descontento con mi parte,
trato de ver ese cielo azul con los ojos del pobre,
para arrebatarlo, ya que se aleja tan rápido, a través de los hoyos del abrigo de un hombre pobre.
Pero se mueve hacia el norte bajo los puentes del Péripherique,
tan destituido como esos Negros que vi cerca de un fuego,
el fuego antiguo de antiguos trozos de madera y sacos de esperanza.
En relacion al manifiesto, les adjunto una columna de Cristián Warnken donde se propone un enfoque de la ciudad:
Estoy en la plaza de la calle Almirante Acevedo, al lado de un pequeño árbol plantado por los vecinos en memoria de un niño que dio aquí sus primeros pasos, pero que un día se fue, cambiando esta plaza por el cielo. ¡Cosas de niños que vuelan!
Los que se quedaron aquí corren, saltan, andan en bicicleta, giran en torno a este pequeño círculo verde en sentido contrario a las manecillas del reloj, derrotando con sus juegos el tiempo frenético de la ciudad.
Todos los días del año, esta sencilla plaza invita a los que pasan a quedarse, a caminar lento, a simplemente "estar" o ser.
¿Qué hay en este lugar que saca a los vecinos de sus propios jardines, para arriesgarse al encuentro con los otros, en el tiempo del egoísmo y la sospecha? Ése es el secreto de una plaza sin nombre, en un rincón de la comuna de la que usted es alcalde. Y en esta plaza, todos los niños se conocen por su nombre: Lolito, Josefa, Moncho, Juanito, Emilia, Matías, Piedad, Lucas, Salvador, Amanda y el recién llegado Benjamín. Aquí ninguno se extravía, nadie se siente solo, y cuando un niño se va muy lejos, los otros le plantan un árbol, para que siga creciendo en otro tiempo, pero con las raíces en su plaza.
¿Es esto que digo pura poesía, un hermoso cuento? ¡No! Éste es uno de los últimos reductos de la realidad, de la realidad del hombre devorado por la irrealidad de las no-ciudades. A pocas cuadras de aquí, en Américo Vespucio, comienza el infierno al que se han autocondenado los santiaguinos. El absurdo de millones de autos detenidos en un taco sin fin, viaje sin sentido ni retorno de los automovilistas, una subespecie del hombre, burda e iracunda, pronta a lanzarse con furia sobre el prójimo en el próximo semáforo.
Pero aquí, a sólo tres cuadras del infierno, vivimos en un reino de los cielos urbano, del que no queremos ser expulsados por nadie, y menos por el nuevo dios devastador que nadie detiene: el de la avidez inmobiliaria. Hoy, mientras meditaba junto al árbol del niño que se fue, supe que ese dios que ha reducido comunas enteras a eriales de construcción en altura ya estaba a las puertas de nuestro frágil reino. Al fondo de Almirante Acevedo con Ascencio de Zavala, unas mallas celestes tapando tres jardines anuncian que mañana una empresa de demolición dará su primer zarpazo a una de nuestras entrañables esquinas.
Señor alcalde: entonces me acordé de estos versos de Rilke sobre las ciudades sin alma: "Pues las grandes ciudades están,/ Señor, perdidas y deshechas (...)./ Ahí crecen los niños junto a las ventanas/ y siempre se levantan bajo la misma sombra/ e ignoran que afuera las flores llaman/ hacia un día de sol, felicidad y viento,/ y tienen que ser niños, pero niños tristes".
Y sentí una angustia en el pecho, y junto al árbol del niño que se fue me prometí escribirle esta carta, para decirle que Vitacura son también las calles verdes y silenciosas, con olor a pasto mojado, las casas con historia, los niños con nombre propio: Augusta, María Gracia, Pascual, Tomás, Santiago, Javiera, Agustín, todo eso que urbanistas, arquitectos y políticos olvidan, porque vivimos los tiempos del olvido del ser.
Al terminar esta carta, quiero respetuosamente dirigirme no al alcalde, sino al hombre con nombre y apellido, Raúl Torrealba. ¿Cómo quiere usted ser recordado cuando se vaya? Porque todos nos vamos: de los cargos, de los barrios, de la vida. El niño que se fue de esta plaza es hoy un árbol. ¿Y si aprendemos a ser árbol con él, todos los que vivimos aquí nos plantamos como árboles para parar el desierto que avanza? ¿Y si usted también se hace árbol y niño y plaza?
En relación a la Manzana Inventariada...
Considerando que en las 51,09 HA. de espacio público disponible se podrían estacionar 42.272 autos (el 2,49% de los automóviles que se esperan tener en todo Santiago para el 2010), o que dicha superficie equivale a 5,82 veces el terreno de un mall como el Parque Arauco (87.787 m2) y a 8,5 Congresos Nacionales (60.000 m2)... dicha Manzana no puedo sino entenderse como una oportunidad-para-hacer-ciudad.
Sin embargo, dadas las condiciones de área verde y espacio público que representa, si el barrio y los alrededores de la Plaza Ñuñoa se han rebautizado como ÑuÑork, el Estadio Nacional ¿no podría ser el Central Park ñuñoino?
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